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Arlés, la esencia provenzal


Ninguna otra ciudad de la región tiene tanto color ni es tan consciente de su pasado y herencia provenzales.

 


Para aquellos que hemos visitado
tierras provenzales, coincidimos afirmando que Arlés es Provenza. Y son los propios habitantes de Arlés, los que orgullosos pregonan que no sólo son arlesianos, sino también auténticos provenzales.



 
Hay algo como de otro mundo en esta ciudad. Cuando recorres sus rincones sientes como si los fantasmas del pasado te susurraran el prodigio de tanta belleza. No posee el toque urbano de Marsella y ni esa sofisticación culta tan arraigada de Aix, pero tampoco le hace falta. Sus riquezas se basan en el hechizo del pasado, de sus ancestrales vecinos romanos, y también de la proximidad de las marismas de Camarga. Todo ello ha contribuido a configurar su peculiar personalidad.


 
La ciudad vieja está en el centro de Arlés, un auténtico laberinto de calles empedradas en la que lo romano se funde con lo medieval. El límite sur lo marca el Boulevard del Lices, y lo cierran los restos de las antiguas murallas.

El norte y oeste dan al Ródano, y fuera de éste, se extiende la ciudad nueva, en la que se incluye la Trinquetaille.



Si viaja a esta
deliciosa ciudad en coche, lo aconsejable es dejarlo antes de adentrarse en el Boulevard des Lices, la gran avenida y la de más ajetreo. En ella se encuentran un gran número de cafés, y los sábados por la mañana acoge el mercado, así como los primeros miércoles de cada mes con el animado rastrillo que llena sus aceras.

 
Decididos a recorrer la ciudad vieja, no debemos olvidar desviarnos al sur por la Avenue del Alyscamps, hasta la necrópolis del mismo nombre que aunque queda poco de ella -un paseo bordeado de tumbas-, la visita a Arlés puede quedarse incompleta si no da una vuelta por el frondoso Allée des Sarcophagues, que Van Gogh pintó de manera tan espectacular.

Las tumbas están vacías y las lápidas que quedan guardan un sorprendente parecido con una larga hilera de muelas. Al final del paseo están los restos de Saint Honorat des Alyscamps, una enorme iglesia románica que, en la actualidad, se utiliza en numerosas ocasiones como escenario teatral.
 

Volvamos al Boulevard des Lices pasando
por la empedrada Rue Hotel de Ville, para llegar a la amplia Place de la République. En uno de los lados está el Ayuntamiento, y en el flanco occidental la iglesia de San Trófimo, cuyo pórtico es un ejemplo inigulable del románico provenzal.


Frente a San Trófimo está el Musée d’Art Païen. El edificio es una iglesia del siglo XII que nunca se consagró. Justo a la vuelta de la equina encontramos su complementario: Musée F. Benoid d’Art Chrétien, emplazado en una capilla jesuita del siglo XVII, y repleto de sarcófagos.

El tercer museo de nuestro recorrido, es el Museon Arlaten, museo etnográfico fundado por el poeta porvenzal Fréderic Mistral con el dinero que recibió cuando le concedieron el premio Nobel de Literatura. Un homenaje a dicho escritor la encontramos en el busto que preside la Place du Forum.

 
Precisamente esta plaza es el lugar donde se realiza toda la vida nocturna de Arlés animada de cafés con mesas bajo los árboles. Si continuamos hacia el río nos topamos con las Thermes de la Trouille, unos baños del siglo IV, que llegaron a ser los mayores de la región.



Y otro lugar en los que
todavía se siente la presencia de fantasmas de la
antigua Roma es en el Anfiteatro.

De tamaño colosal -136 por 107 metros- y con capacidad para 20 mil espectadores, esta arena romana es mayor y más antigua que la de Nîmes. Desde su torre se pueden ver los tejados rojos de la ciudad vieja, los barrios nuevos y el Ródano.

A través de los muros del Théâtre Antique se cuelan los sonidos de conciertos de música. Poco queda de este maravilloso teatro, pero los arlesianos recuperan su esplendor convirtiéndolo en uno de los marcos con más encanto del Festival d’Arlés.



El hechizo del pasado
 
Lugar de origen celta, colonizado por los griegos, Arlés se vuelve romana por la gracia de César que en el año 46 a C. trasladó allí los veteranos de sus legiones.

Es la primera edad dorada de la "pequeña Roma de las Galias", que será un gran centro religioso en los primeros tiempos de la Cristiandad. Arruinada y dañada por las invasiones de la alta Edad media, la ciudad renace en el siglo XII, prueba de ello es el esplendor de sus monumentos medievales y la vitalidad y riqueza de este época.

En los siglos XVII y XVIII se construyen innumerables palacetes, que incluso hoy en día dan encanto al centro antiguo,  donde se agrupan varios monumentos catalogados, testimonio de 2000 años de historia.

Desde 1981 el conjunto de los monumentos romanos y románicos están declarados por la UNESCO Patrimonio Mundial de la Humanidad, y Arles es hoy Ciudad de arte y de Historia. También forma parte de la red AVEC, (Alianza de Ciudades Europeas de la Cultura).


 



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