Aunque situada donde la Suiza germano-parlante se une con la francófona, un asomo de espíritu galo se percibe en sus calles

Los visitantes de este pequeño país llamado Suiza, situado en el corazón de Europa, sin duda encontrarán las mejores cosas: el paisaje montañoso más fascinante que pueda imaginar, un magnífico sistema de transportes, algunos de los hoteles más elegantes del mundo, las inigualables instalaciones hoteleras invernales, la calidad de su gastronomía, la inigualable belleza de sus ciudades, ….
Cuando cada una de estas cosas, entre otras muchas que ofrece, se analiza, es indudable que un viaje a Suiza con sus infinitos atractivos resulta caro pero merece realmente lo que cuesta.
Berna, el centro de Suiza

Si me piden sólo dos adjetivos para definir esta ciudad diría: sobria y elegante.
Berna es la capital, no es una ciudad grande, cuenta con unos 300 mil habitantes aproximadamente, pero esto no impide que sea una ciudad tremendamente pintoresca y muy romántica. Eso sí, todo en ella es orden y serenidad, equilibrio y armonía estética.
Una de las características de sus calles son los soportales, que forman parte de la fachada de los edificios. Lo más llamativo es que los propios ciudadanos cuidan los soportales, ya que no está permitido reconstruir o reformar las casas si no se respetan los arcos de la planta y la armonía que guardan entre sí.
Por encima de los tejados de las casas sobresalen las torres del Münster (Catedral de St. Vicent) dominando la curva del río Aare. Es uno de los mejores edificios religiosos de Suiza, se contruye en el siglo XV como la mayoría de los edificios de Berna. Situado entre la calle Rathausgasse y la Postgasse, se encuentra Rathaus (Ayuntamiento), que se empezó a construir pocos años después del incendio que destruyó la ciudad. Sólido y amplio, el empeño fue ante todo, devolver a este edificio gótico el esplendor del pasado.
Estas misma calles se ensanchan hasta forma amplias plazas, y la Kramgasse y la Gerechtigkeitsgasse, con sus maravillosas fuentes del siglo XVI. Más abajo de la catedral está la Junkerngasse, donde se alinean las casas de la antigua aristocracia.

Berna cuenta con dos atractivos muy populares: el Zeitglockenturn, (Torre del Reloj), que data del siglo XII, pero en 1405 fue destruida y vuelta a construir en piedra. En 1530 se construyó el reloj astronómico, que muestra la posición del sol, la luna, las estrellas y los planetas, también el mes y día de la semana.
A la vez se fabricaron los muñecos mecánicos que divertidamente desfilan cada hora y que consisten en un bufón, un grupo de osos, un gallo, un caballero con su armadura dorada y el padre Tiempo.
En cuanto al segundo atractivo popular, nos referimos al mercado. Se extiende por calles y plazas hasta llegar a la Bundensplatz, donde el alboroto se eleva en contraste con la seriedad del señorial edificio del parlamento suizo.
En los últimos años, Berna se ha extendido enormemente y los nuevos puentes cruzan el río Aare para unir el centro antiguo con los barrios modernos. La vieja ciudad ha conservado todo el aspecto medieval, convirtiéndose en un importantísimo núcleo de negocios. La Berna actual aún respira un inconfundible toque francés, el asomo de un espíritu galo se percibe en sus calles y en sus nada ostentosos edificios barrocos.
Historia de un “Ave Fénix”

Berchtold V, último duque de Zähringer, encomienda a uno de sus nobles, Cuno von Budenberg, la tarea de construir una ciudad en este lugar. La construcción empieza en el año 1191, donde está el castillo Nydegg. Cuno hace erigir una muralla en el centro de la cual se levanta una gran Torre del Reloj, que señalaba la puerta principal. Frente a la muralla de la ciudad existe una hondonada natural que servía como foso.
En el siglo XIII, bajo la protección del conde Pedro de Saboya, se extiende la frontera hacia el oeste y se erige otra muralla, esta vez con la Torre de Prisión como puerta principal. Ya en el siglo XIV se llevan a cabo nuevas construcciones y la ciudad llega hasta donde hoy se levanta la estación de ferrocarriles.
En 1405 la mayor parte de la ciudad queda arrasada por un incendio. Se reconstruyeron todas las casas sobre antiguos cimientos, pero esta vez se sustituyó la madera con la que se habían construido por piedra arenisca de las canteras cercanas. Esas casas fueron sustituidas en su mayoría, durante los siglos XVI y XVII, por edificios, cuya armonía y riqueza de detalles constituyen un verdadero deleite.

Berna llegó a alcanzar su gran poder territorial entre los años 1536 y 1798, obtenido en gran medida a costa de la Casa de Saboya. Grandes extensiones de tierra junto al lago Léman quedaron bajo el dominio de Berna, ciudad a la que se debe principalmente que una amplia porción de la Suiza francesa forme parte de la Confederación.
La invasión francesa de 1798 hizo que Berna perdiera su hegemonía. Sin embargo, fue capital cantonal y, en 1848 se convierte en la capital de la Federación Suiza por el parlamento suizo.
La neutralidad suiza o el refugio de famosos
En 1948, la confederación de estados se convirtió en un solo estado federativo, con una constitución federal que, desde entonces, ha sufrido enmiendas y revisiones.

Un ciudadano suizo es, en primer lugar, miembro de un municipio, de los que existen más de 3.000 en toda Suiza, que funcionan dentro de la estructura de los 23 cantones que, a su vez, forman la Confederación Suiza. Tanto los municipios como los cantones ejercen una forma de autogobierno.
La Asamblea Federal está compuesta por dos Consejos legislativos cuyo poder máximo comparten siete ministros del Consejo federal. La presidencia de la Confederación es rotativa, de modo que cada ministro la asume durante un año, como un cargo representativo, durante el cual ni él ni su familia gozan de ningún privilegio.
La neutralidad y la estabilidad de Suiza han hecho de ella el refugio de exiliados, y son muchos los personajes famosos que se han afincado en el país, atraídos por el alto nivel de vida, la solidez del franco suizo y las ventajas fiscales.
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