Texto y Fotos: Enrique del Rivero.
Sus
gentes, la arquitectura popular de sus pueblos y su singular historia
configuran una de las zonas más atrayentes y sugestivas de toda Andalucía. La mejor manera para profundizar en el conocimiento de este atractivo territorio de Granada es internarse a pie por su amplia red de caminos y sendas.
A la entrada del pequeño pueblo de Pitres, junto a la carretera y al lado de un restaurante, nace el camino que se debe tomar para acercarse hasta la aldea de Mecina. El camino, que no se desvía en ningún momento, desciende por la quebrada geografía de esta zona de La Alpujarra granadina hasta alcanzar las blancas casas de Mecina, que aparecen como un racimo colgado de la montaña. Hay que atravesar la localidad de arriba abajo para descubrir y gozar de la peculiar estructura de sus construcciones.
La arquitectura de estas poblaciones alpujarreñas tiene una clara influencia africana y en concreto morisca. Las edificaciones son normalmente de dos plantas, con un terrado plano bordeado de lajas de pizarra y paredes encaladas de un blanco deslumbrante, escalonadas unas con otras aprovechando la fuerte pendiente existente. Además son las mismas en las que vivieron los moriscos hasta que fueron expulsados por Felipe II en 1568, tras sofocar la sublevación de su último caudillo, Aben-Humeya.
A la salida de Mecina se debe tomar la pista de la izquierda que, tras cruzar el arroyo Bermejo, conduce rápidamente hasta una nueva localidad: Ferréirola. Hay que atravesar este pueblo colgado del profundo barranco del Trevélez, río que lleva hacia el mar Mediterráneo las heladas aguas nacidas en el pico Mulhacén, por su calle principal hasta alcanzar la fuente y el lavadero público. Desde allí se debe girar hacia la izquierda, para ascender por una estrecha y empinada callejuela que pasa por debajo de un tinao, típico pasadizo entre dos casas. Enseguida la empedrada calle se convierte en el camino que enfila hacia la siguiente etapa del recorrido.

Tras ascender por un pintoresco sendero sombreado por castaños, álamos, higueras, arces y moreras, supervivientes de los espesos bosques que cubrían hace siglos la comarca, se llega con facilidad hasta Atalbéitar. Un entretenido paseo por sus escalonadas callejas permite alcanzar su plaza principal. Una vez en este bello y singular enclave urbano es necesario localizar la salida del pueblo que se dirige hacia un puentecillo de madera que salva el curso de un arroyo.
En el siguiente cruce es preciso desviarse de nuevo por el camino de la izquierda que asciende zigzagueando por el interior de un bosque de centenarios y robustos ejemplares de castaño. En el espeso sotobosque de helechos que crecen bajo estos árboles encuentran refugio una gran variedad de aves insectívoras: collalba, carboneros, herrerillos y mosquiteros entre otros. El camino, que enfila hacia Pórtugos, se interna un poco más adelante por una zona de bancales —pequeños cultivos aterrazados de origen árabe—, que aprovechan para su riego la red de acequias construidas por los moriscos hace 500 años. Al llegar al nuevo pueblo y después de subir hasta lo más alto se localiza un llamativo calvario. Desde este lugar parte el camino, hacia la izquierda, que se dirige tranquilamente hacia el punto de partida de la ruta a pie: la localidad de Pitres.
Cómo llegar
La manera más rápida y cómoda es por la carretera N-323, de Granada a la costa de Motril. A mitad de camino es preciso desviarse por la C-332 que, una vez pasada Lanjarón, conduce a Órjiva. Un kilómetro antes de esta localidad hay que tomar una carretera local que enseguida nos deja en el pueblo de Pitres.