
Si se continúa por el camino del Arazas, la ruta se interna a través de un frondoso bosque mixto de hayas y abetos. Estos últimos árboles, de tronco más esbelto y copa verdinegra, contrastan con el follaje más claro de las robustas y centenarias hayas. En esta densa masa boscosa aparecen esporádicamente abedules, serbales, fresnos y tejos. El sombreado sendero se acerca hasta el curso del río, lo que
permite descubrir el conjunto de cascadas por el que se precipita el estruendoso caudal del Arazas. Tras contemplar la cascada del Abanico, el sendero asciende entre los árboles y se introduce en una pequeña angostura en la que se localizan dos nuevas caídas de agua: la de del Estrecho y la de la Cueva.
Al ganar altura —sobre los 1.700 metros—, el bosque comienza a clarear y aparecen las desnudas y escalonadas pareces calizas que conforman el cañón y en las que sólo crecen ejemplares aislados de pino negro. Una vez superadas las Gradas de Soaso —sucesión escalonada de pequeñas cascadas—, y después de tres horas de marcha se llega a las inmediaciones del impresionante circo glaciar de Soaso, presidido por la elevada mole rocosa del Monte Perdido, que con sus 3.335 metros es una de las más altas cumbres del Pirineo. Después de admirar la conocida cascada de la Cola de Caballo se puede desandar lo andado para regresar hasta el punto de partida o, para los más entusiastas y mejor preparados, continuar el recorrido por la llamada Faja de Pelay.
Si se elige esta última opción hay que cruzar el río y ascender por un sendero que alcanza la mencionada grada abierta en la paredes meridionales del valle. En esta zona, menos frecuentada, se refugian los representantes más sobresalientes de la fauna de Ordesa: el sarrio, el pito negro y el quebrantahuesos. También se descubren las más famosas flores que crecen en la montañas europeas: los delicados edelweiss. En menos de dos horas se puede alcanzar el mirador de la Proa, desde donde se inicia el vertiginoso y zigzagueante descenso final por la empinada Senda de los Cazadores.