
Hay que perderse por sus empedradas plazas y estrechas calles para disfrutar de una original arquitectura popular en la que predominan las nobles casas con entramados de madera. Si se quiere descubrir la esencia de los orígenes del reino de Castilla hay que dirigirse sin vacilar hasta Covarrubias. Esta villa burgalesa destila en cada recodo de sus evocadoras rúas la memoria de un ilustre y legendario personaje: el conde Fernán González. Este valeroso noble consiguió forzar, allá por la mitad del siglo X, la independencia de un pequeño territorio que con los siglos se convertiría en una de las más importantes potencias del planeta.
En Covarrubias la historia se ha hecho arte y a cada paso ha cuajado en un monumento que merece la pena ser visitado. Y de verdad que existen pocos paseos tan gratificantes como el que se puede llevar a cabo por esta localidad. La tranquilidad y el sabor popular que reinan en todos sus ámbitos urbanos se contagia enseguida a los viajeros que se internan por su caserío. En la mayoría de sus calles y plazas se alternan las casas medievales, a base de entramados y soportales de madera, con una serie de edificios civiles y religiosos embellecidos por una atractiva piedra dorada. Entre estos últimos sobresalen el torreón de Fernán González, construido a comienzos del siglo X, y la colegiata de San Cosme y San Damián. Esta última es un elegante templo gótico que atesora un interesante museo, un bello claustro y, sobre todo, un renombrado órgano barroco. La iglesia de Santo Tomás y el archivo del Adelantamiento de Castilla completan el rico patrimonio de una villa que no se puede abandonar sin disfrutar de los interesantes rincones naturales que dejan a su paso las cristalinas y trucheras aguas del río Arlanza. 