Siempre ha sido una región rica en agricultura, con plantaciones de verdes olivares, desde su independencia de Túnez, se han invertido grandes esfuerzos para su desarrollo hasta convertirla en un centro de vacaciones de primer orden. La belleza de un paisaje de luz mediterránea y los colores africanos, Monastir y Mahdia representan la armonía que los tunecinos ansían: simbiosis de civilización antigua y progreso contemporáneo.

La visita más interesante, seguramente, es el Rabat de Harthema. Edificado en el año 796, es una fortaleza-monasterio cuya silueta de muros almenados domina la explanada entre la Medina y el mar. Desde su torre, la panorámica alcanza todo el litoral.

Sin dudarlo, hay que realizar una visita por el casco antiguo de esta tranquila villa, y por el viejo puerto de pesca con sus decenas de barcas balanceándose al ritmo de la brisa.

Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 1979, el anfiteatro tiene una capacidad para 35 mil espectadores, el tercero más grande después de los de Roma y Capua. Fue construido en el siglo III, sin apoyarse en ninguna colina ni terreno, y se utilizaba para las luchas de gladiadores y fieras y espectáculos circenses que competían con los de la metrópoli romana; fiel testimonio de las relaciones entre norte y sur de nuestra civilización mediterránea.
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