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San Francisco, la ciudad que enamoró al Pacífico


Nadie escapa a su hechizo, al regusto de novela policíaca que desprende, así que nadie se extraña del título de la canción “I left my heart in San Francisco”.
 
 

Motivos generales hacen que me sienta cercana a Estados Unidos y sus gentes, y motivos particulares hacen que visite sus ciudades desde hace un tiempo. El verano del pasado año tuve el enorme placer de visitar San Francisco, y comenzó mi historia de amor con esta ciudad.

Y es que San Francisco es mucho más que su admirado Golden Gate Bridge y sus genuinos tranvías, símbolos que han llegado a convertirse en clichés. Esta ciudad embruja siendo una sorpresa constante. Luminosa y brumosa, tradicional y cosmopolita, son sus contrastes los responsables de los marcados rasgos que forman su carácter y su singular personalidad.

Paradójicamente, uno de los grandes encantos de la provinciana San Francisco descansa en que ha llegado a ser universal logrando un equilibrio entre lo antiguo y lo tradicional, lo original y lo nuevo. Su imparcialidad, su receptividad a las nuevas y diferentes ideas, y su voluntad de dejar a uno hacer su vida, es seña inherente a la ciudad.

 
Durante siglo y medio, la ciudad se ha abierto al mundo gracias a la inmigración. Llegaron de todos los rincones del mundo: Europa, Latinoamérica, Asia, … Sus religiones, idiomas y culturas han creado un lugar único para vivir por su diversidad y tolerancia.

Este cautivador rincón de 43 colinas en la costa californiana, es una de esas pocas ciudades de Estados Unidos (junto con Nueva York, Boston o Nueva Orleáns) en las que las nociones europeas de urbanismo, no se han abandonado a favor de los intrincados tejidos de calles diseñados a medida del coche.

No hace ni 250 años que la Bahía de San Francisco era un mundo desconocido. Era dominio de los indios miwok de la costa, wintun, yogurt y, los más numerosos, los ohlone que habitaban la East Bay. Pero volvamos a nuestro viaje, a la actualidad de esta ciudad que ocupa el extremo de la Península que se halla entre el océano Pacífico y la bahía de San Francisco.


Un vecino con mala fama.


Así es, la falla de San Andrés que siempre amenaza con un terremoto, y que se extiende a lo largo de 1.100 kilómetros, desde el noroeste del estado hasta el golfo de California. Esta falla, frontera inestable entre las placas tectónicas del Pacífico y de América del Norte, que se desplazan una contra otra, a razón de 5 cm. anuales. Ocasionalmente, las placas se aproximan a lo largo de la falla, y la presión crece hasta que se libera en forma de cataclismo. Fue en el año 1906 que la tierra se desplazó casi 5 cm. y la sacudida afectó a edificios situados en unos 320 Km., un gran terremoto de 8,3 en la escala de Richter. En la actualidad se producen movimientos de tierra de forma semanal con una intensidad de 3,0 y, sin embargo, inadvertidos.
 
 
Si el Océano Pacífico pudiera expresar sus sentimientos, no hay duda que nos confesaría su amor por San Francisco. Baña y acaricia su costa como si de un enamorado se tratase, y nos ofrece las más bellas vistas que una bahía pueda tener.
 
 


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