Conoce más acerca de la historia y cultura de la provincia de Soria

El viajero ha podido descubrir en Ambrona y Torralba del Moral algunas de las improntas paleolíticas de los hombres que cazaron hace millares de años por las montañas sorianas. Más tarde y más lejos, diseminada por la provincia, la memoria del Neolítico está grabada en las cazoletas de la Sierra del Almuerzo, Duruelo, Conquezuela o el menhir esculpido de Villar del Río que hoy preside la puerta de los Arcos de San Juan de Duero. El dolmen de Carrascosa de la Sierra es el mejor exponente del fenómeno megalítico que vivió la provincia. Soria entera es un abanico de manifestaciones del arte rupestre -en cuevas y grutas del Monte de Valonsadero, Ciria, Ucero, Cabrejas del Pinar, Conquezuela, Retortillo, Castro, Valvenedizo, Manzanares, Sotillos de Caracena, entre algunas más.

Siguiendo por nuestro periplo milenario, el Cobre legaría restos en Numancia, Villar del Campo o Somaén; el Bronce salpicaría los dos extremos provinciales en Beratón y Covaleda; el Hierro quedaría ligado a Castilfrío, Taniñe, Valdeavellano de Tera, Cubo de la Sierra, Almaluez, Quintanas de Gormaz, Covaleda, Vinuesa, Santa María de Huerta y Numancia. Es apenas una breve mención de algunos de los nombres que podrían venir acompañados de otros muchos, dispersos por toda la cartografía de una tierra a la que la Historia y sus prólogos la han inundado de asentamientos.

Pero no es sino la Celtiberia, fusión de las culturas celta e íbera, el máximo exponente de una provincia que conserva importantes rituales en torno al sol, el toro y el fuego, y en la que los yacimientos de Numancia, Occilis (hoy Medinaceli), Uxama y Tiermes representan las piedras angulares de una civilización que dejó su estela hendida en esta tierra de arévacos y pelendones, belos y tittos.

La conquista romana vendría a asentar una nueva civilización sobre los antiguos castros, que durante dos décadas mostraron resistencia hallando su culminación en la defensa numantina. La época de paz que siguió dejó como herencia tramos de las dos grandes calzadas que atravesaron la provincia y restos de una tupida red de caminos militares. Se amurallaron las ciudades, se construyeron puentes, se hicieron termas, lápidas y esculturas como las de Tiermes, villas como la de Cuevas de Soria, Santervás del Burgo y Rioseco, arcos como el de Medinaceli, mosaicos, inscripciones, armas… una vasta cultura que se prolongó durante cuatro siglos y fue interrumpida por el empuje de los pueblos llamados bárbaros.

Un arte rudo y una vida ardua se sucederían tras el punto y seguido de una caligrafía histórica que apenas conserva restos visigodos. Las edificaciones, pobres y frágiles, no sobrevivieron al tiempo, a excepción de ermitas como la de Pedro y algunos vestigios diseminados por Tiermes -una vez más este yacimiento que relata el asentamiento humano durante cuatro mil años- y otros enclaves.

Y así, tras vagar por esta laguna que forma la memoria, Soria entra de lleno en la época califal, de la que se conserva el impresionante castillo de Gormaz, la torre de Noviercas y las dos puertas de Ágreda. La presión árabe se concentra en un límite bien definido: la frontera que traza el Duero. Soria se convierte en el territorio de límite que pasaría insistentemente de brazos musulmanes a cristianos, jalonando su tiempo y su espacio de batallas entre ambos ejércitos.

 

Ermita

Ermita de la Magdalena. Fuente

 

La Conquista y la Reconquista dejarían una profunda huella. Las manifestaciones jalonarían la provincia, a la que el Medievo traería de nuevo castillos, fueros, comarcas repobladas por gentes que comienzan a configurar el panorama urbano y un resurgimiento del fervor religioso nacido de las ansias por olvidar la cuestión árabe, que dará paso al estilo por antonomasia de la provincia: el Románico.

También encontrará la expresión castellana de exaltación en la literatura popular, proliferando una poesía juglaresca que canta las gestas de los caballeros. Es dentro de ella donde una obra se sitúa en la cima de la épica: El Cantar del Mío Cid, el caballero desterrado que hace nueve siglos atravesara los caminos sorianos. De la mano de la paz y del mismo carácter de frontera que antes le trajera batallas, vinieron los privilegios reales de monarcas centrados en las tierras limítrofes con Aragón. Las plazas más codiciadas por el reino vecino conocieron la prosperidad de manos Reales, empeñadas en afianzar su fidelidad a cambio de favores. Un rosario de testimonios arquitectónicos da hoy fe de todo ello.

La capital

Entretanto, el antiguo castro asentado entre dos cerros, defensa del vado, plaza árabe (Medina-Soria) de Al-Andalus, repoblada en los siglos XII y XIII, ciudad de escasa importancia a manos navarras, aragonesas o castellanas hasta la Reconquista, vivía sus días en una mezcla morisca, judía y mozárabe, a la que se vendrían a sumar las gentes de los alrededores. Batallas, Fuero, protección del rey Alfonso VIII, esplendores comerciales y ataques fronterizos, se sucederían en la ciudad junto al Duero, que saltaría el recinto amurallado para prolongarse por al arrabal y el collado que la vio nacer.

La paz, unida al estratégico enclave entre Castilla, Aragón y Navarra, hizo florecer el comercio impulsando gremios y artesanía en la próspera Soria, hasta una guerra de Sucesión que mermaría esplendor y gentes, para menguar aún más sus energías los saqueos e incendios con que las tropas francesas castigaron la provincia durante la Independencia.

Durante todos esos siglos en los que las tierras sorianas mezclaban avatares de guerra con prósperas etapas de paz, un gótico de calidad expresó inquietudes esbeltas en la Catedral de El Burgo de Osma o el Monasterio de Santa María de Huerta. El Renacimiento hizo lo propio en la arquitectura religiosa y civil, Palacios como el de los Condes de Gómara, edificios como la Universidad de Santa Catalina de El Burgo y varias tallas de retablos. El Barroco no olvidó dar sus pinceladas abigarradas por el mundo del arte provincial.

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